Museo Aguilar y Eslava
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28.09.26
Lección inaugural del curso 2026-2027 en el IES Aguilar y Eslava
Os dejamos el texto íntegro de la intervención del magistrado D. Francisco de Paula Sánchez Zamorano, antiguo alumno del centro y Alumno Benemérito de la Fundación e Instituto que pronunció el pasado 25 de septiembre bajo el título «Principios forjados en el Aguilar y Eslava: esfuerzo y honradez».
Hoy, al cruzar la puerta de este magnífico recinto de enseñanza, me ha pasado algo que no esperaba: he vuelto a sentirme como aquel adolescente de Rute que, sin instituto propio todavía en su pueblo, cursaba sus estudios en el colegio Libre Adoptado Sagrado Corazón de Jesús, que así se llamaba, y tenía que recorrer el camino hasta Cabra para examinarse aquí, en este Instituto Aguilar y Eslava, de todas las asignaturas. Aquel viaje, que entonces me parecía solo una obligación más, fue, en realidad, mi primera lección de esfuerzo: la de quien, para alcanzar algo, tiene que ir a buscarlo, aunque el camino sea largo. Ese esfuerzo, y el empeño puesto en cada examen, me valieron con los años el título de Alumno Benemérito de esta casa, título que llevo con enorme orgullo, y que el paso de los años me ha ayudado a entender su verdadera dimensión y significado.
Alcalde de Cabra, don Fernando Priego; director y presidente del Patronato de la Fundación, don Salvador Guzmán Moral; presidente de la Asociación de Padres y Madres de alumnos “Pepita Jiménez”; claustro de profesores; autoridades que hoy nos acompañan; alumnado de Bachillerato; queridas familias: reciban todos ustedes mi más sincero agradecimiento por esta invitación. Permitidme, así de entrada, que os confiese algo más: pocas veces en mi vida profesional he sentido tanto respeto –y tanta emoción– ante un atril, como el que estoy experimentando ahora. He tenido el privilegio de hablar en tribunales, de presidirlos; de intervenir en foros jurídicos, de hacerlo ante autoridades europeas en reuniones internacionales… Pero como estos instantes, ninguno.
Tal vez porque hoy vuelvo al lugar donde me formé y donde quedó escrito para siempre buena parte de lo que luego fue mi futuro personal y profesional. Todo ello cambia por completo el valor y alcance de mis palabras. Si a lo anterior añadimos que una de mis novelas está en parte inspirada en la vida colegial de este instituto hace cien años, comprenderéis el sentimiento de emoción que ahora me embarga. Y digo una cosa que no por sabida conviene ser recordada. Vuelvo a un instituto que nació de un gesto extraordinario: el legado que en 1679 dejó don Luis de Aguilar y Eslava para que, generación tras generación, quienes vinieran después pudieran estudiar. Por cierto, el testamento se otorgó en Carcabuey, mi pueblo natal. Ese gesto fundacional no es un dato de archivo, es una declaración de principios. Alguien decidió que el conocimiento no debía ser un privilegio reservado a unos pocos, sino una herencia común. Carlos III así lo entendió cuando en 1777 eleva la institución a Real Colegio de Estudios Mayores. Luego Isabel II lo transformó cuando corría 1847 en Instituto de Segunda Enseñanza. Entre una fecha y otra, y posteriormente hasta la actualidad, generaciones enteras de jóvenes cordobeses –y de toda esta amplia comarca que mira hacia Sevilla, Málaga, Jaén y Granada, por ser el centro geográfico de Andalucía– han cruzado estas mismas puertas para aprender no solo los conocimientos propios de las disciplinas o asignaturas, sino también, y sobre todo, los valores y principios que definen a las personas.
Ni que decir tiene que la nómina de personajes ilustres que pasaron por las aulas de este instituto es impresionante. Ahí quedan Niceto Alcalá Zamora, presidente de la Segunda República, Blas Infante, José de la Peña y Aguayo, Dionisio Alcalá Galiano, Pedro Garfias, José Calvo Poyato, ilustre novelista, y tantos otros. Y ahí quedan del cuadro de profesores los famosos Juan Carandell y Pericay, promotor del decimocuarto Congreso Geológico Internacional celebrado en el año 1926, Manuel González-Meneses Rodríguez, Ángel Cruz Rueda, Miguel Ruiz Bellón, Julián García García, catedrático de latín, fallecido el pasado año, a quien recuerdo con especial cariño por enseñarme los entresijos más desconocidos de esta casa.
Yo fui uno de esos miles de jóvenes que cruzaron por esta institución. Y si hoy soy Magistrado, si dirijo la Oficina Andaluza contra el Fraude y la Corrupción, es porque aquí, entre estas aulas, alguien me enseñó cosas que no venían en ningún libro de texto y que esta mañana quiero compartir con vosotros: el valor del esfuerzo, el valor de la integridad y la honradez, el valor de la educación como elemento de cohesión y la importancia de la educación en valores, todo ello no solo como tarea compartida por profesores, padres y alumnos, sino como instrumento para forjar hombres y mujeres libres. Porque sin educación y cultura no se alcanza la verdadera libertad. Y quiero decir algo más antes de entrar en materia, porque me parece importante subrayarlo en un acto como este: no vengo a hablarles desde la nostalgia de quien mira el pasado con añoranza, sino desde la convicción de quien, después de más de cuarenta años de vida profesional, sigue viendo en la educación recibida en este instituto, insisto, la explicación de casi todo lo que ha llegado después. No es un ejercicio de memoria sentimental. Es, sencillamente, un ejercicio de gratitud y de rectitud intelectual: reconocer de dónde venimos y a quién se lo debemos.
I. El esfuerzo: la primera forma de justicia
Empezaré por el esfuerzo, porque es la base de todo lo demás. Y al hilo de este quiero contarles algo que quizás muchos de los aquí presentes desconocen, porque forma parte de una historia educativa que, por suerte, queda ya hoy sólo en la memoria, pero que a mí me marcó para siempre. Hasta hace unas cinco décadas este instituto no fue solo un centro donde se estudiaba: fue también el corazón examinador de toda una comarca. Era una forma de suplir las carencias de aquella época en el plano educativo, tanto en recursos humanos como en infraestructuras. Fijaos, pues, en la solera y prestigio que tiene vuestro instituto. Muchas localidades que no contaban con instituto propio, tenían colegios adoptados o adscritos, donde recibíamos las clases del día a día, con nuestros profesores de siempre, en nuestro propio pueblo. Pero el sistema no terminaba ahí. Al llegar el momento decisivo, no bastaba con haber asistido a clase: había que desplazarse y presentarse aquí, en Cabra, y examinarse, como antes dije, de todo el curso entero, de una sola vez, ante un tribunal que nos iba a valorar por lo que fuésemos capaces de demostrar en aquellas horas. Pensad en lo que eso significaba. No era un examen parcial, ni una evaluación trimestral que se podía compensar con la del mes siguiente. Era el curso entero –matemáticas, lengua, historia, ciencias…– concentrado en una sola cita, en un lugar que no era el nuestro, ante profesores que no eran los habituales. Si algo salía mal aquel día, no había una segunda oportunidad la semana siguiente: había que esperar a la convocatoria extraordinaria, y volver a preparar de nuevo el curso completo. Recuerdo perfectamente aquellos viajes desde Rute hasta Cabra. Recuerdo el silencio del trayecto, repasando mentalmente fechas, fórmulas, autores, mientras el paisaje de la Subbética quedaba impreso en mis retinas. Recuerdo la sensación, tan particular, los nervios, la congoja de entrar en el aula para jugarme en unas horas lo que había estudiado durante meses. Y recuerdo, sobre todo, que aquella exigencia –lejos de desanimarme– me enseñó algo que ninguna clase me hubiera podido enseñar de otro modo: que el conocimiento, para ser realmente nuestro, tiene que sobrevivir a la presión del momento en que se nos exige demostrarlo. Ese sistema, exigente casi hasta la crueldad si lo miramos con ojos de hoy, tenía sin embargo una lógica profunda: obligaba a los alumnos de los pueblos de la comarca a alcanzar el mismo nivel, exactamente el mismo, que quienes estudiaban aquí, en Cabra, con más medios y más cercanía. No había excusas por la distancia. No había rebajas por venir de un colegio pequeño. El Instituto Aguilar y Eslava, al examinar a alumnos procedentes de otros lugares bajo el mismo rasero, estaba afirmando algo que hoy me parece extraordinariamente actual: que el mérito no depende de dónde se nace, sino de cuánto se trabaja. Vivimos tiempos en los que se nos vende, con demasiada frecuencia, la idea de que el éxito llega por otras vías: por un golpe de suerte, por un algoritmo que nos favorece. Y, sin embargo, quienes, como yo, hemos dedicado la vida a la magistratura sabemos que la constancia y el trabajo concienzudo son la base para una recta administración de justicia; son incluso el fundamento mismo de lo justo. Porque la justicia –la verdadera justicia, no la aparente– se construye despacio, con trabajo minucioso, con expedientes leídos hasta el final, con pruebas, con indagaciones y preguntas que no se dan por respondidas plenamente si hay evasivas o inconcreciones sin que éstas se pongan de manifiesto a quien contesta. Y sobre todo se hace justicia conociendo a la perfección las leyes, indagando en el alma humana y sabiendo de la vida para así interpretar mejor el derecho y aplicarlo al caso concreto. Pues bien, aquel examen de todo un curso, concentrado en una sola convocatoria, fue mi primera lección de lo justo, esa que no admite concesiones al azar y exige sostener el esfuerzo hasta el final sin saber de antemano si será suficiente. Pongo un ejemplo para valorar la importancia del esfuerzo, un ejemplo que es común para cualquier faceta o actividad de la vida. Hay futbolistas con mucho talento, que se creen todopoderosos, pero que por no entrenar lo suficiente esforzándose a diario, luego fracasan. Y cualquier futbolista mediocre bien preparado les roba la merienda. Y es que el mérito derivado del esfuerzo no es un talento con el que se nace, sino un hábito que se construye en silencio día a día hasta que cada año, a primeros de junio, este instituto, generosamente, nos abría sus puertas para medirnos con la misma vara que a todos los demás, es decir, con justicia.
A quienes hoy estáis en Bachillerato, quiero deciros algo más que quizás no os hayan dicho aún con estas palabras: estos dos años no son un simple trámite para acceder a la universidad. Son, en realidad, los cimientos sobre los que se sostendrá todo lo que vendrá después. Nadie construye un edificio sólido empezando por el tejado. Primero hay que asentar bien la base, aunque esa base quede después invisible bajo el resto de la construcción. El Bachillerato es, como lo fue la enseñanza primaria, exactamente eso: la parte de vuestra vida estudiantil que nadie verá con claridad dentro de veinte años, 6 pero que sostendrá todo lo que construyáis a partir de ella. Cuidad, pues, con esmero estos cimientos. Por eso os pido, volviendo de nuevo a esa idea principal del esfuerzo, que no confundáis nunca el atajo con el camino. El atajo puede daros un resultado rápido, pero solo el camino –el esfuerzo sostenido– os da algo mucho más valioso: el conocimiento de vosotros mismos, la autoestima, la certeza de saber de qué sois capaces ante la adversidad o la dificultad; la tranquilidad de pensar que habéis dado de sí todo lo posible, aunque el resultado no sea el apetecido. En el fondo es una preparación parta la vida y su devenir, porque las cosas, en la vida adulta, se ponen difíciles con más frecuencia de la que nos gustaría. Puedo deciros, además, por lo a mi experiencia personal respecta, que ese aprendizaje no se quedó en las aulas: me acompañó durante toda mi carrera como Magistrado. Cuando se preside una Audiencia Provincial, cuando se instruyen causas complejas que exigen leer miles de folios antes de dictar la oportuna sentencia o resolución, uno vuelve a experimentar, con otra intensidad, pero con la misma esencia, aquella sensación de examinarse. Porque en la justicia no hay términos medios: o se ha estudiado bien el caso, o no se ha estudiado. Y esa disciplina, esa costumbre de no dar nada por sabido hasta haberlo comprobado personalmente, la aprendí mucho antes de vestir una toga: la aprendí en mi vida de estudiante preparándome a fondo las asignaturas sin confiar en la suerte. Fraude a la justicia y daños a los justiciables cometería el juez que no se esfuerza en su trabajo para dictar resoluciones justas; como fraude a la sociedad y a la familia cometerían los alumnos que no se esfuerzan después del sacrificio de sus padres y de las propias administraciones públicas que costean a los profesores, a todo el personal de servicio, y mantiene los locales donde se dan las clases y se realizan las actividades complementarias con los impuestos que todos pagamos.
II. La integridad: la arquitectura invisible de una vida
La segunda enseñanza que quiero compartir con vosotros es la integridad o, dicho más coloquialmente, la decencia. Y aquí hablo no solo como antiguo alumno, sino desde la responsabilidad que hoy desempeño al frente de la Oficina Andaluza contra el Fraude y la Corrupción. Institución cuya única razón de ser es defender algo que, paradójicamente, no se ve: la limpieza en la gestión pública, la pulcritud en el manejo de los fondos públicos y la rectitud de las autoridades y funcionarios que administran lo que es de todos. Llevo años observando, desde muy cerca, qué ocurre cuando la integridad falla o se pierde la decencia. Y os puedo asegurar que casi nunca se resquebrajan de golpe. Las fisuras aparecen poco a poco. Con frecuencia proceden de pequeñas concesiones por parte de esa autoridad o funcionario que en principio parecen inofensivas: un favor que se acepta y concede “solo esta vez”, una norma que se salta “porque eso no lo percibe nadie”, una responsabilidad que se elude “porque, total, no pasa nada”.
Al hilo de esto quiero detenerme un momento en una palabra que hoy se usa poco, quizás porque suena a otra época, pero que a mí me sigue pareciendo esencial porque resume el buen comportamiento: la “honradez”. Palabra que hoy suele sustituirse por el término honestidad. Da igual. Ser honrado, ser honesto, no es solamente no robar ni mentir. Es algo más amplio y, en cierto modo, más exigente. Ser honrado es actuar de manera que uno pueda mirar a la cara de quien confió en nosotros; es devolver lo que se nos prestó en las mismas condiciones en que lo recibimos; es no aprovecharse de una posición de relevancia pública o confianza para dar u obtener una ventaja que no nos corresponde. Y la honradez no necesita de leyes que la impongan; sencillamente, se tiene o no se tiene, y se demuestra siempre en los detalles pequeños, en los que nadie repara: en el error ajeno que no se aprovecha, en la palabra dada que se cumple, aunque ya no convenga. Sin embargo, hoy qué poco valor tiene la palabra. Cuántos tratos o acuerdos se hacían antes con la palabra, seguida de un apretón de manos. Lo que se decía o prometía iba a misa, es decir, se cumplía. Cuantas compraventas de fincas o de casas se ultimaban hace años de esta forma. Hoy sería impensable. En la actualidad no tiene valor la palabra dada. Antes, al contrario, la palabra comprometida se diluye ante el olvido o la mentira, que se emplean sin pudor en muchos ámbitos. La mentira como instrumento de acción política es, por desgracia, moneda corriente. En mi trabajo diario al frente de la Oficina Antifraude reviso expedientes que, con demasiada frecuencia, siguen exactamente ese patrón de deterioro progresivo. Casi nunca encontramos, al principio, una gran trama diseñada con premeditación. Detectamos, más bien, una sucesión de pequeñas decisiones que, tomadas una a una, quizás parecían defendibles: una adjudicación a una empresa para ejecutar unas obras pública y que se agiliza por tratarse de un conocido, una factura que se acepta sin revisarla del todo, una advertencia de ilegalidad que se calla por el funcionario técnico para no incomodar al superior. Ninguna de esas decisiones, aislada, parece gravísima. Pero sumadas, a lo largo de meses o de años, acaban construyendo exactamente lo contrario de lo que este instituto de enseñanza lleva siglos enseñando. Frente a una arquitectura de la probidad y de la responsabilidad, se alza la de la irresponsabilidad y la corrupción, tan invisible en su origen como devastadora en sus consecuencias.
La integridad, queridos alumnos, no es un examen que se aprueba una vez y ya está superado para siempre. Es un edificio invisible que se construye todos los días, con decisiones pequeñas que casi nunca tienen testigos. Se es íntegro cuando nadie mira. Se es íntegro cuando devolver algo que no es nuestro nos cuesta más que quedárnoslo. Se es íntegro cuando reconocer un error es más difícil que ocultarlo, y aun así se reconoce. Es cierto que los vertiginosos avances de la técnica, entre ellos el de la inteligencia artificial, la ya famosa IA, tampoco ayudan mucho al sistema educativo y, por ende, a, preservar el valor integridad. El uso sin control de la inteligencia artificial por los estudiantes puede afectar negativamente a su capacidad de pensar de forma crítica, a su formación y aprendizaje. Los alumnos aceptan respuestas de la máquina sin dudar, no evalúan por sí mismos si la información es lógica o correcta, y su cerebro se acostumbra a no buscar soluciones propias. El campo de la creatividad se empobrece. Indudablemente estamos ante una revolución, pero ante una revolución que si no se afronta con mesura y tranquilidad puede provocar muchas desconfianzas e inseguridades. Atribuirse una autoría, es decir la paternidad de un trabajo cuando realmente no es fruto de nuestro esfuerzo y dedicación, constituye un reprobable acto de deshonestidad académica. Por eso en el proceso formativo y educativo un mal uso de la IA acarreará graves retrocesos y carencias en el alumno. Otra cosa es que se tenga ya un sentido crítico y, por tanto, sólida formación y conocimientos previos, para controlar la propia actuación de la IA, lo que no sucede en el proceso formativo de los alumnos. Quiero decir con esto que la IA bien usada es una herramienta de extrema utilidad, pero un mal uso de ella provocará distorsiones. Si la IA se usa como ayuda o como complemento para perfeccionar cualquier estudio o trabajo es de gran utilidad, pero si se echa mano de ella como mecanismo de sustitución del estudio se convierte en fraude y, a la larga, en grave perjuicio para la formación de quien la emplea. Y ese acto fraudulento se proyecta no ya hacia los demás sino hacia uno mismo, por lo que de autoengaño supone, quedando así seriamente comprometidas la honradez y la integridad. En consecuencia, queridos alumnos, mucho cuidado con la IA y mucha precaución con el uso desmedido y acrítico del móvil y las redes sociales. Llegados a este punto quiero deciros también algo: la integridad no es solo un deber moral, es también una forma de libertad. Quien actúa con rectitud no tiene que recurrir a mentiras ni salvar contradicciones; no tiene que temer que un día se descubra lo que ocultaba. La persona íntegra duerme tranquila. Y esa tranquilidad, que puede parecer poca cosa a los diecisiete años, se convierte con el tiempo en el bien más preciado que se puede tener. Este instituto lleva tres siglos y medio formando personas. No cabe duda de que muchas páginas de la historia de Andalucía y de España se han escrito, en parte, gracias a estudiantes que pasaron por estas aulas y que llevaron consigo, allá donde fueran, esta manera de entender la vida, el signo de la honradez y la decencia. Que esta generación –la vuestra– no sea menos.
III. Un instituto que une: de la comarca educativa a la integridad compartida
Quiero detenerme un momento en algo que, mirado con perspectiva, me parece verdaderamente hermoso. Aquel sistema de colegios libres adoptados al que antes me referí no era solo una fórmula administrativa para resolver en aquellos tiempos la falta de institutos en los pueblos pequeños. Era, en el fondo, una manera de tejer y aunar una comarca entera a través de la educación. Rute, Lucena, Priego, Iznájar…, y tantos otros pueblos de esta zona de la Subbética y de las provincias limítrofes, quedaban unidos por un mismo centro y por unas mismas exigencias. Porque el Instituto Aguilar y Eslava no formaba solo a los alumnos de Cabra. Cabra era el punto de encuentro donde toda una comarca demostraba, año tras año, que el conocimiento no entendía de fronteras municipales. Guardando las distancias, y con toda la modestia que corresponde a la comparación, esa es exactamente la tarea que hoy intentamos desempeñar desde la Oficina Andaluza contra el Fraude y la Corrupción. No defendemos la integridad de una sola institución, sino que trabajamos para que ayuntamientos, universidades, colegios profesionales y administraciones de toda Andalucía compartan un mismo estándar de transparencia y de buena gestión, sin que importe el tamaño del municipio o los recursos de la entidad. Si nuestro instituto examinaba con el mismo rigor al alumno de la ciudad y al alumno que venía de fuera, mi labor al frente de la Oficina Antifraude consiste en sostener que la rectitud no puede depender de dónde se ejerza un cargo público, sino que debe ser la misma en todas partes. Os lo cuento porque creo que ilustra algo esencial: las instituciones que perduran son las que consiguen unir, no las que separan. Este instituto lleva trescientos cuarenta y siete años uniendo generaciones y uniendo territorios a través del conocimiento. Y esa misma vocación de unir –de tender puentes entre lo pequeño y lo grande, entre la ciudad y la comarca, entre lo individual y lo colectivo– es, a mi juicio, el verdadero legado que deberíamos custodiar. Hoy esa vocación de unir se ha vuelto, además, europea en lo que a mi trabajo respecta. Y es que desde la institución que dirijo participamos al lado de organismos como la OCDE, y junto a otras autoridades de integridad de distintos países, en esa labor pedagógica tendente a crear culturas de buenas prácticas en el ejercicio de la función pública, más allá de nuestras funciones investigadoras y sancionadoras. En foros nacionales e internacionales compartimos indicadores y sistemas de alerta temprana frente a la corrupción. En este sentido he comprobado algo que, de nuevo, me recuerda a este instituto: cuando distintas instituciones, por dispares que sean sus tamaños o sus tradiciones, aceptan medirse con criterios comunes y comparables, todas mejoran. Nadie sale perjudicado por someterse al mismo estándar que los demás; al contrario, es precisamente esa comparación honesta la que empuja a cada institución a exigirse un poco más.
IV. La educación en valores: una tarea que no acaba en el aula
Se dice, a veces con cierto tono de queja, que a la escuela de hoy se le pide demasiado: que enseñe matemáticas y lengua, pero también que eduque en valores, en convivencia, en ciudadanía. Yo no lo veo como una carga añadida. Lo contemplo como la esencia misma de lo que significa educar. Porque de poco sirve saber resolver una ecuación si no se sabe resolver un conflicto sin faltar al respeto a otra persona. De poco sirve dominar la sintaxis si no se aprende a no traicionar la palabra dada. Quiero aprovechar esta ocasión, en nombre de quienes creemos en esto, para resaltar la labor silenciosa del profesorado de este instituto. Un profesor o una profesora que educa en valores, como los que vosotros tenéis, no solo transmite contenidos: transmite, con su propio ejemplo, una manera de estar en el mundo. Eso no se mide en ninguna estadística, pero es, con toda probabilidad, lo que más se recuerda de la etapa escolar o estudiantil cuando pasan los años. Yo, desde luego, no recuerdo con precisión todas las fechas del temario de historia, pero recuerdo con nitidez a los profesores que me enseñaron a distinguir el saber estar de las malas formas, la empatía de la insolidaridad, el trato cortés del grosero.
También quiero decir algo a las familias aquí presentes, algo que seguro saben pero que no está de más repetirlo: la educación en valores no es tarea exclusiva de la escuela ni exclusiva del hogar. Es una tarea compartida, y solo funciona cuando ambas partes reman en la misma dirección. Lo que en casa se enseña sobre el respeto, el esfuerzo y la rectitud, el instituto lo refuerza; y lo que aquí se aprende sobre la convivencia y la responsabilidad, la familia lo consolida. Esa alianza, cuando existe, es lo que forma ciudadanos capaces de sostener una sociedad justa. Y permitidme añadir una última reflexión sobre este bloque final, una reflexión dirigida especialmente a los más jóvenes. Vivís en un tiempo en el que la información os llega sin filtro y sin descanso, a través de una pantalla que casi nunca distingue entre lo verdadero, lo verosímil o lo falso. En no pocos casos lo que circula por ese proceloso universo son falsedades o bulos. El internet, las redes sociales, son avances con un doble filo, ese doble filo que siempre acompaña al progreso. Hay que tener, pues, mucha precaución con su filo hiriente. En ese contexto, la educación en valores incluye también algo al que antes me referí y que en los tiempos que corren se vuelve urgente: aprender a tener sentido crítico, a dudar con criterio, a contrastar antes de compartir, a no dejarse arrastrar por la indignación fácil que provocan ciertos titulares cuando leemos noticias. Formar el carácter hoy significa también formar el juicio crítico. Y ese juicio crítico, como el esfuerzo y como la integridad, tampoco se improvisa: se entrena día a día, aula tras aula, lección tras lección, pregunta tras pregunta.
V. Un mensaje final
Voy terminando porque no quiero abusar del tiempo que generosamente se me ha concedido. A quienes hoy empezáis un nuevo curso, quiero deciros que este instituto os ofrece algo que muy pocos centros educativos pueden ofrecer: la certeza de formar parte de una historia que empezó hace más de tres siglos y que vosotros vais a continuar escribiendo. Cuidad, por ello, vuestro centro. Estudiad con interés y esfuerzo, no por miedo a la nota, sino por respeto a vosotros mismos. Tened la consideración debida a los compañeros, a todo el personal de servicios y, cómo no, a vuestros profesores con las formas de la buena educación, desde la distancia que concede la experiencia de quienes os enseñan y la actitud de quienes os estáis educando. Actuad con integridad y con honradez, no cuando os miren, sino sobre todo cuando vuestros actos pasen inadvertidos. Y recordad que los valores que aquí se transmiten no son un adorno del currículo: son, sencillamente, lo que distingue a una buena persona de una persona simplemente capacitada. Porque un buen médico, por ejemplo, un buen profesional de la medicina (alguno de vosotros lo será) es aquel que además de saber medicina sabe ser una persona empática, una persona que escucha al enfermo y lo trata con paciencia y humanidad. Seguramente de los aquí presentes hay quienes ya saben qué quieren estudiar cuando pronto dejen este instituto, y quienes todavía no tienen ni idea. Ambas situaciones son perfectamente normales a los diecisiete años. Así que da igual si mañana os dedicáis a la medicina, a la ingeniería, al derecho, a la docencia…
Lo importante es que lo que aprendáis aquí en todos los aspectos os va a acompañar a todas partes. Porque de ese aprendizaje no forman parte solamente los conocimientos de una asignatura, sino la manera en que, como personas, vais a desempeñar cualquier profesión que elijáis y os vais a conducir en las relaciones con los demás.
Como antiguo alumno de esta casa; como Magistrado que ha dedicado su vida a impartir justicia; y como Director de una institución que cada día lucha para que en el ámbito de la función pública la rectitud prevalezca sobre los comportamientos incívicos y corruptos, os puedo asegurar que todo lo que hoy os pido no es un ideal abstracto.
Es, sencillamente, lo que a mí me enseñaron maestros y profesores. Y por ello, hoy, más que impartir esta lección, he venido simplemente a devolver algo que aquí me dieron, y a recordaros que estudiar y formarse en el Instituto Aguilar y Eslava de Cabra es un auténtico lujo, un grandísimo privilegio.
Que este curso 2026-2027 sea, para todos vosotros, un curso fructífero y provechoso. Esta valiosa comunidad educativa que formáis así lo requiere.
Muchas gracias.