inicio


fundación

edificio

museo

exposiciones temporales

contacto

blog patrimonio educativo

GEOPARQUE SIERRAS SUBBÉTICAS

COLECCIONES DE MOLUSCOS

actualidad

cronología

galería

localización

enlaces

V JORNADAS DE INSTITUTOS HISTÓRICOS ESPAÑOLES

OBRA DESTACADA - pieza del trimestre




actualidad

26.10.17

BIBLIOTECA HISTÓRICA AGUILAR Y ESLAVA

Libro del Mes


Fábulas de La Fontaine, ilustradas por Gustavo Doré. Traducción de Teodoro Llorente (Barcelona, Montaner y Simón, 1885)

Antonio Suárez Cabello

Leer sus obras y “decir si Anacreonte supo juguetear con más gracia; si Horacio decoró la filosofía y la moral con ornamentos más variados y atractivos; si Terencio pintó las costumbres humanadas de un modo más natural y exacto; si Virgilio, por fin, fue más armonioso y más conmovedor”. Son palabras de la breve oración fúnebre de Fénelon por la muerte de La Fontaine en 1695, a la edad de setenta y cuatro años. Están recogidas por Geruzez en la introducción que hace sobre la vida y las obras del autor francés en la edición de sus célebres fábulas. También nos dice que Racine le vio morir con sincero dolor.

Precisamente nuestro LIBRO DEL MES son las célebres Fábulas de La Fontaine, una verdadera joya bibliográfica de las que atesora la Biblioteca Histórica Aguilar y Eslava. A la lujosa edición, llevada a cabo por Montaner y Simón, hay que añadir las hojas de láminas intercaladas en el texto, cuyas ilustraciones son del gran Gustavo Doré (los dibujos corresponden a diferentes artistas). Diversos dibujos aparecen en las cabeceras y remates de cada breve relato. La obra, adquirida en fascículos, está encuadernada con pastas de cartón forradas en tela roja, teniendo las letras estampadas en dorado. El formato es de 39,00 x 29,00 cm.

Para Geruzez, ningún poeta ha sido tantas veces elogiado como La Fontaine. Entre los datos biográficos que nos da a conocer en el preámbulo espigamos los siguientes: Nace en Chateau-Thierry, pequeña ciudad de la Champagne, Francia, en 1621. A los veinte años ingresa en el seminario de Saint-Magloire, donde permanece solo un año, volviendo a la casa paterna. Sus padres, para que dejase la vida ociosa y frívola que llevaba, le obligan a contraer matrimonio cuando tenía veintiséis años. El padre le da la sustitución de su empleo.

Se relata en la semblanza que “una oda de Malherbe, recitada por casualidad en su presencia, despertó el gusto de la poesía en su alma”. Devoró con entusiasmo todos los versos de aquel poeta y trató de imitarlo; pero fueron sus amigos Pintrel y Maucroix los que le introducen en la lectura de los verdaderos modelos a seguir. El mismo La Fontaine confesó sus autores predilectos: Platón y Plutarco, entre los antiguos, a los que leía traducidos por no saber griego; Horacio, Virgilio y Terencio, que pudo conocer directamente en su lengua original; Rabelais, Marot, Des Periers, Mathurin Regnier y Urfe (cuya Astrea le causó el mayor deleite), entre los modernos.

Supone el biógrafo que el ejercicio de su empleo de administrador de aguas y bosques se reduciría probablemente “a largos paseos a la sombra de los añosos árboles sometidos a su jurisdicción, y a siestas no menos largas dormidas sobre la verde alfombra, a la orilla de murmuradores arroyuelos”. Los primeros ensayos en verso fueron una comedia tomada de una pieza de Terencio de la que cambió los nombres de algunos personajes, aunque siguiendo el argumento original y tomándose algunas libertades. Tenía treinta y tres años.

En aquellas fechas un pariente suyo, J. Jannart, consejero del Rey, le presentó a Fouquet, a quien servía de sustituto en el Parlamento de París. En poco tiempo La Fontaine se convirtió en el poeta preferido de Fouquet, recibiendo una pensión de mil libras a cambio de versos. Desde entonces asistiría a las fiestas de la escogida sociedad francesa. Sin embargo, la caída en desgracia de Fouquet fue la causa por la que La Fontaine volviese a la vida de familia. Era padre de un niño. Cuando iba a Chateau-Thierry de vez en cuando, para vender alguna de sus fincas y restablecer el equilibrio entre ingresos y gastos, solía acompañarle Racine y Boileau.

Con cuarenta años obtiene el cargo de gentil-hombre de servicio de la duquesa de Orleáns, viuda de Gastón, hermano de Luis XIII. La pequeña corte de Luxemburgo, a falta de la corte de gran Rey, acogía a La Fontaine, que vivió en ella con grata familiaridad. Allí, la condesa de Bouillón, que había conocido en Chateau-Thierry (“princesa de costumbres desenvueltas”), le aconsejó “aplicar sus disposición para la poesía a los cuentos alegres y galantes que Ariosto y Boccaccio tomaron de nuestros antiguos trovadores”. Este consejo, seguido con entusiasmo por La Fontaine, le revelaría una de las venas de su genio poético y le pondría en la vía del apólogo.

La vida irregular del poeta, cuyo talento era reconocido y apreciado, no propició la protección de Luis XIV. Había cierta prevención contra él por las licencias poéticas de sus versos y su conducta. Como no tenía la conciencia tranquila, dice Geruzez, trató de purgar sus faltas con acciones intachables. Por ejemplo: sin ser invitado para ello, quiso contribuir a la instrucción moral y al entretenimiento del Delfín (el nieto del rey), cuya educación comenzaba. Lo consideraba una manera honrosa de servir a la corte y de purificarse.

La Fontaine había sido seducido por la elegancia de Fedro y la sencillez de Esopo, y empezó a imitarlos y a ganarse su gloria de fabulista. En 1668 se publica, en seis libros, la colección titulada “Fábulas de Esopo, puesta en verso por M. de La Fontaine”. Estaba dedicada al Delfín, lo que revelaba el secreto propósito del autor. Para el crítico el encanto supremo de estas composiciones es la vida que hay en ellas.

La Academia francesa llenaría una de las aspiraciones más vehementes del poeta, haciéndole miembro en 1864. Años después, una enfermedad grave terminaría con su vida. Su amigo Maucroix exclamaría: ¡Dios misericordioso le tenga en su santa gloria! Unos votos que se cumplirían, según Geruzez, ya que como decía su confiada enfermera: “No habrá tenido Dios valor para condenarlo”.

En la dedicatoria a monseñor el Delfín dice: “Tengo el atrevimiento de ofreceros algunos ensayos que pueden proporcionar oportuno entretenimiento a vuestros primeros años. Estáis en edad en que la distracción y los juegos son permitidos a los príncipes, pero debéis consagrar a la vez vuestro pensamiento a graves reflexiones”. En el prólogo, La Fontaine subraya que no solamente son morales las Fábulas, sino que procuran otros conocimientos: “las cualidades de los animales y sus diversos caracteres están expresados en ellas y, por tanto, los nuestros también, porque somos el compendio de lo que hay de bueno y de malo en las criaturas irracionales”.

Para el escritor, el relato se compone de dos partes, que pueden llamarse cuerpo y alma. El cuerpo sería la fábula y el alma la moraleja. Comenta que Aristóteles no admite para la fábula más que a los animales, excluyendo a los hombres y a las plantas, pero esta regla no la considera esencial, puesto que ni Esopo, ni Fedro, ni fabulista alguno la ha observado; otra cosa, replica, es la moraleja, “de la que nadie se dispensa”. Antes de entrar en las argumentaciones dedica unas líneas a la vida de Esopo, su gran inspirador.

La primera parte del volumen comprende los seis primeros libros (124 fábulas). La segunda parte va desde el libro séptimo al duodécimo (117 fábulas) y está dedicada a la señora de Montespan, de la que entresacamos el párrafo final: “Si procurase a mis pobres rimas la dicha de agradaros, obligado me creería a erigirle un templo; pero, no; yo no puedo elevar templos que no sean para vos”. En ambas partes se incorporan un epílogo.

Reproducimos dos de los títulos traducidos por Teodoro Llorente, en prosa.

LA CIGARRA Y LA HORMIGA:

La Cigarra, después de cantar todo el verano, se halló sin vituallas cuando comenzó a soplar el cierzo: ¡ni una ración fiambre de mosca o de gusanillo!

Hambrienta, fue a lloriquear en la vecindad, a casa de la Hormiga, pidiéndole que le prestase algo de grano para mantenerse hasta la cosecha: “Os lo pagaré con las setenas, le decía, antes de que venga el mes de agosto”.

La Hormiga no es prestamista: ese es su menor defecto: “¿Qué hacías en el buen tiempo?” preguntó a la pedigüeña. “No quisiera enojaros, contestóle; pero la verdad es que pasaba cantando día y noche.- ¡Bien me parece! Pues, mira: así como entonces cantabas, baila ahora”.

EL VIEJO Y EL ASNO:

Iba un Viejo montado en su Borrico, cuando vio una pradera verde y floreciente; soltólo en ella, y el animal se revolvió sobre la fresca hierba, frotándose y refocilándose, pateando y rebuznando a sus anchas. En esto, viene el enemigo. “Huyamos, dice el Viejo.-- ¿Por qué, preguntó el zanguango: ¿me pondrán doble carga? --No, contesto el Viejo, tomando las de Villadiego.-- Pues lo mismo me da ser de unos que de otros. Escapad, y dejadme pacer. Nosotros no tenemos más que un enemigo, y es el amo”.

BIBLIOTECA HISTÓRICA AGUILAR Y ESLAVA
Libro del Mes:

La Fontaine, Jean de (1621-1695)

Fábulas de La Fontaine / ilustrado por Gustavo Doré ; traducción de Teodoro Llorente.-- Barcelona : Montaner y Simón, 1885.

XXXI, 376 p., [86] h. de lám. : il. ; 39,00 x 29,00 cm
Marca tip. en anteport.
Las h. de lam. son grab. calc.
Grab. calc. intercalados en el texto.
Enc. cart. forrado de tela

Otros responsables:
Llorente, Teodoro (1836-1911), trad.
Doré, Gustavo (1832-1883), il.

Lugar: España. Barcelona

Sig. Top.: 0185

[LM.201710.asc]


aviso legal  |  política de privacidad  |  contacto
Fundación Aguilar y Eslava © 2009 :::